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Goodbye, Lenin (de nuevo, ahora sí)

Por Juan Orlando Pérez
Goodbye, Lenin (de nuevo, ahora sí)

Llegó y pasó, casi inadvertidamente, el centenario de la revolución bolchevique de 1917, un evento al que solía llamársele, en tiempos de la Unión Soviética, en Moscú y en el vasto territorio desde Kamchatka hasta Pinar del Río que el Kremlin consideraba suyo, Gran Revolución Socialista de Octubre, con rojas, severas mayúsculas. En Nueva York y en Londres, los periódicos publicaron algunas notas conmemorativas que muy pocos deben haber leído. Ni siquiera en Rusia hubo muchos aspavientos. El Presidente Putin, que heredó de los bolcheviques su tosca crueldad y ni una pizca de su original idealismo, se hizo el desentendido, se pasó el día trabajando, encerrado en su oficina, como si no se conmemorara el más trascendental momento en la historia moderna de su país sino el de la de Mozambique. En la Plaza Roja hubo un desfile militar, pero no en celebración de la victoria bolchevique, sino para recordar un desfile semejante, el del 7 de noviembre de 1941, cuando marcharon frente a Stalin los soldados que iban a partir inmediatamente hacia el frente, en un esfuerzo desesperado por detener la ofensiva alemana contra la capital soviética. Entre Lenin, un filósofo gruñón que proclamó un estado de trabajadores y despojó a la plutocracia rusa de sus riquezas, y Stalin, el Generalísimo que derrotó a Hitler, se apropió de la mitad de Europa, y aniquiló metódica, casi científicamente a sus enemigos, y a unos cuantos millones más, las preferencias de Putin nunca han estado en dudas. Si despertara hoy en su mausoleo, Lenin se horrorizaría al enterarse de que Moscú, la otrora Jerusalén proletaria, es la tercera ciudad con más billonarios en el mundo. Stalin, si pudiera ver la Rusia de Putin, que ha restaurado esmeradamente la antigua autocracia zarista, pero disfrazada de democracia moderna, se pondría en pie, se quitaría la gorra y aplaudiría con sincera admiración al autor de una idea aún más brillante que la colectivización, los gulags o el Gran Terror.

En Cuba, mientras tanto, a veces parece que es todavía 1977. Raúl Castro, que no ha tenido tiempo de ir a Esmeralda o Caibarién después del paso de Irma por aquellas desdichadas aldeas, asistió en el teatro Karl Marx a una de esas llamadas “galas” con las que se celebran en Cuba los aniversarios de grandes acontecimientos, tremebundos, aterradores espectáculos creados para complacer el gusto y el brumoso patrioterismo de los miembros del Buró Político del Partido Comunista y causar en todos los demás espectadores un estado de letargo muy parecido a la muerte. Esta gala del 7 de noviembre no fue de las peores, estuvo Frank Fernández, y la Orquesta Sinfónica Nacional, que existe aún, tenazmente, tocó como pudo la Obertura 1812 de Chaikovski, una curiosa elección, puesto que esa pieza conmemora la victoria de Alejandro II sobre Napoleón, no la de Zhukov sobre los mariscales de Hitler, y también porque el pobre Chaikovski no hubiera durado medio año en la Rusia de Lenin ni en la de Stalin. Probablemente, la pomposa Obertura era lo que la Sinfónica había ensayado recientemente, y a sus directores no les dio la gana de ensayar solo para la fastidiosa gala, por ejemplo, la Séptima Sinfonía de Shostakóvich, estrenada en el verano de 1942 en Leningrado por una orquesta tan hambrienta que los violinistas apenas podían levantar los brazos. Hubiera sido un esfuerzo inútil ensayar a Shostakóvich, puesto que ni Raúl ni la mayoría de los miembros del Buró Político pueden diferenciar a un compositor ruso de otro y es probable que a sus oídos les parezca igual una viola da gamba que un trombón. El Gran Inquisidor, José Ramón Machado Ventura pronunció un discursillo que parecía escrito para complacer a Leonid Brezhnev, una obra maestra de hipocresía, mendacidad y maliciosa ignorancia. Machado Ventura celebró “la inmensa contribución y el legado de la Revolución bolchevique”, en particular “el inicio del proceso de estructuración político-económica de un nuevo sistema: el socialismo”. Ni siquiera por un prurito de decencia Machado Ventura mencionó el asesinato de la familia de Nicolás II, los Juicios de Moscú, el Holodomor, la ocupación de Europa del Este o las invasiones de Checoslovaquia y Afganistán.

En la monserga del Gran Inquisidor no fueron mencionados ni Trotsky ni Zinóviev ni Kámenev ni Bujarin. Ni Meyerhold ni Ajmátova ni Pasternak ni Solzhenitsin. Ni Dzerzhinski ni Yagoda ni Yezhov ni Beria.

Coincidiendo muy exactamente con el centenario de la revolución bolchevique, como si alguien hubiera dispuesto que ocurriera así, el Ministerio de Educación de Cuba confirmó que la mayor parte del vasto complejo de edificios que han albergado durante 43 años a lo que hoy todavía se llama Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas Vladímir Ilich Lenin, en las afueras de La Habana, sería entregada a otros inquilinos. Al gobierno cubano le ha tomado un larguísimo tiempo decidir qué hacer con la Lenin, la mitad de la cual, la sección formada por las antiguas unidades 1 a la 3, fue abandonada hace años, mientras en la otra mitad, de la 4 a la 6, la escuela continuaba funcionando con aparente, resignada normalidad, y un número cada vez más reducido de estudiantes seguían resolviendo complejos problemas de Matemáticas, Química y Física, y recitando los rasgos, clarísimos, de la crisis general del capitalismo. En el curso actual, la escuela se ha reducido aún más, y sólo funcionan ya dos unidades. La viceministra de Educación, Margarita McPherson, atribuyó el descenso en la matrícula a la falta de interés de los graduados de educación secundaria por continuar sus estudios en un instituto especializado en ciencias, que en algún momento llegó a ser, seguramente, una de las mejores escuelas preuniversitarias de América Latina, en la que vivieron, estudiaron, jugaron, bailaron, pelearon y, a veces, torpemente fornicaron, muchos miles de brillantes chiquillos y también, inevitablemente, unos cuantos seborucos. Quizás haya más seborucos ahora que hace treinta años, o tienen las familias menos razones para enviar a sus hijos a un riguroso internado, cuando pueden matricularlos en escuelas muy normales en la ciudad, o bien se trata de que estudiar ciencias tan obsesivamente parece ridículo e innecesario, una insensatez, en un país donde la ocupación que desean obtener muchos adolescentes es la de camarero en un hotel o en un restaurante de propiedad antileninistamente privada. McPherson no mencionó que el feroz recorte del presupuesto de la Lenin ha provocado que los estudiantes vivan allá mucho más pobremente, y estén más hambrientos, que en 1974, cuando, qué escándalo, había leche y pan con mantequilla en el desayuno, y helado de postre en la cena, y las duchas de los albergues de la escuela tenían agua caliente, como si aquello fuera un internado en Austria, no uno en Arroyo Naranjo. Ahora, en algunos albergues no hay nunca agua, ni caliente ni fría, y la que sale por las pilas, donde sale, es tan sospechosa, que muchos padres llevan a sus hijos grandes botellas de agua hervida para que no tengan que tomar la de la escuela y no se los coman, a dentelladas, los parásitos. Ya no parece un internado en Austria, sino uno en Honduras.

El verano pasado, la Lenin era un radiante símbolo de la división irreparable de Cuba entre las ilusiones del pasado y la presente desolación. Una mitad parecía sacada de la imaginación de Machado Ventura, la otra estaba firmemente plantada en la realidad. ​Una mitad estaba exageradamente limpia, y la otra mitad, asquerosa. En la mitad de la 4 a la 6 había cierta actividad, en los pasillos uno se encontraba a profesores y empleados de servicio conversando, o yendo de un lado a otro sin ningún particular propósito, matando el tiempo lento de finales de julio. En la mitad de la 1 a la 3, no había nadie, ni un alma, parecía Chernóbil. Algunos muchachos estaban aquel día en la mitad ocupada, recogiendo sus expedientes, arreglando algunas notas, devolviendo libros, vestidos de libertad y no de riguroso azul. En las unidades abandonadas solo había fantasmas, las abundantes huellas de las tropelías que los habitantes de la otra parte de la escuela habían cometido durante años en esa ciudadela sin guardianes. Las paredes estaban cubiertas de letreros, declaraciones de amor, grotescos insultos contra los profesores y toda suerte de exabruptos y obscenidades. En la pared del teatrico del antiguo Bloque de la Cultura, entre la 3 y la 2, un muchacho había escrito en grandes letras la palabrota nacional, todo un manifiesto político, el más audaz y profundo que se atreven a pronunciar hoy los cubanos, un lacónico Montecristi:

PINGA

Debajo, un secuaz había dejado anotada su adhesión a ese arriesgado programa:

YO TAMBIÉN
PINGA

En las aulas de las unidades todavía ocupadas por la escuela, los murales exhibían frases de José Martí y notas e ilustraciones conmemorando las efemérides más importantes del mes de junio, el natalicio de Antonio Maceo y el de Ernesto Guevara. Las aulas y los albergues de la otra mitad habían sido dedicadas por los estudiantes a otras funciones, sin dudas más placenteras que las matemáticas o la historia de Cuba, a juzgar por la evidencia desparramada por doquier. En una pared del fondo del antiguo F1, una muchacha había escrito toda una furiosa telenovela:

HOY X FIN M DOY CUENTA Q FUE 1 ERROR EL SIMPLE HECHO DE HABRT CONOCI2. PNC Q X TU CARISMA, X TU TERNURA, X TU AUTOESTIMA, X TU MANERA DE VR LAS COSAS CNTIGO IBA A SR DIFERENT PRO AL FIN Y AL KBO M DOY QENTA Q TO2S LOS HOMBRES STÁN CORTAD2S X LA MISMA TIJERA. TE JURO Q M ESTABA ENAMORAN2 DE TI PRO DE MOMENTO T M ROMPISTE DE TAL MANRA QUE CNTÍA Q EL MUN2 SE ME ESTABA DERRUMBAN2 ENCIMA. HOY TENGO 5 PALABRAS Q DCIRTE
NO QUIERO VERTE NUNCA MÁS

En el balcón más alto frente

al anfiteatro natural, donde 4500 alumnos eran reunidos en ocasiones especiales, los aniversarios de la escuela, las visitas de algún capitoste, alguien había arañado una nota en melancólico inglés: “I’m tired of being alone”. Muy cerca, en el mismo idioma enemigo, otro desgraciado había escrito: “I wanna kill everybody”.  En el bloque central, el fabuloso mosaico de Mariano, un gallo con frutas tropicales, por supuesto, estaba intacto, no le faltaba ni una losa, parecía que iba a cacarear. El comedor de las unidades ocupadas estaba impoluto, como si lo hubieran cepillado hasta quitarle los últimos restos de la zambumbia que les dan a los estudiantes en lugar de comida. Hasta la antigua máquina fregadora, que probablemente se rompió a mediados de los ochenta, estaba todavía allí, como si, o bien no la hubieran podido sacar del comedor, de lo grande que es, y hubieran desistido de hacerlo, o bien la estuvieran usando para otros fines, aunque es difícil imaginar cuáles esos podrían ser. El otro comedor, el de la 1, parecía el de una escuela de Stalingrado en febrero de 1943, sin la nieve. El hospitalito lucía, por fuera, igual que en 1984, pero los terrenos de béisbol y fútbol, la pista de atletismo y la cancha de voleibol de la 4 habían desaparecido. Sorprendentemente, las piscinas estaban en relativo buen estado, o al menos no eran cráteres lunares, aunque, por supuesto, no las han llenado hace años, están tan secas como todas las demás piscinas públicas o escolares de Cuba.

La gran piscina olímpica del bloque central es ahora el terreno donde los estudiantes de la Lenin juegan su propio campeonato de fútbol, una esperpéntica “Champions” con su propio Barca y su propio Bayern Munich, y un público que celebra las victorias y padece las derrotas de sus favoritos como los espectadores del Camp Nou o los del Allianz Arena celebran y padecen las de sus equipos. Ya que no de agua, las piscinas estaban repletas de nombres de estudiantes de sucesivas graduaciones, Daniela, Yeny 38, Papito, Giselle, Marcos, Chabely 41, Neisbet, Sailí, Las Parásitas. “We will stay here 4 ever”, escribió uno de esos heroicos chiquillos en el fondo de la piscina, y es posible que así sea.  En la entrada de la escuela, el camarada Lenin, siempre alerta, “el hombre más vivo entre los vivos”, diría Mayakovski, escudriñaba a los visitantes que llegaban, o a los que partían, como si fueran espías de Kolchak, o de Stalin.

Llegan noticias de que las unidades abandonadas han sido entregadas a la Aduana, un extraño inquilino, y que ya han comenzado a repararlas. Es difícil imaginar que la Aduana, u otro tenebroso cartel, no termine apropiándose de la sección que todavía ocupa la escuela, y que la Lenin sea definitivamente echada a la calle, y sea clausurada, o bien sobreviva, minimizada, como escuela externa, en algún caserón de la Víbora o del Cerro. La realidad terminará imponiéndose, con arrogante contundencia, sobre los restos de la elocuente fantasía sobre la cual se construyó la escuela. Pero el declive y posible clausura de la Lenin no es un síntoma de la crisis terminal del socialismo cubano, sino una tardía consecuencia de ella. Un sistema político y socioeconómico en estado de muy avanzada descomposición, no necesita ya crear élites profesionales e intelectuales, y no podría hacerlo, aunque lo necesitara. La Lenin, y los otros IPVCE desperdigados por la isla, son redundantes en 2017, casi 18, y alguien se dará finalmente cuenta de ello algún día, pronto, y mandará a cerrarlos. Los muchachos de la Lenin, aunque los hicieran aprenderse de memoria Materialismo y Empiriocriticismo, de cubierta a cubierta, o El Estado y la Revolución, ya no viven en la Cuba de la imaginación de Raúl Castro y José Ramón Machado Ventura, no nacieron en ella, y algunos, los más seborucos, o quizás los más listos, ni siquiera podrían identificar a Machado Ventura entre los miembros del Buró Político. Messi, Ronaldo y Neymar son sus héroes. Y el Yuli Gurriel y Yasiel Puig. Y el Chacal, y Yomil y el Dany. Si a su escuela le cambiaran el nombre, y en vez de Lenin le pusieran, quién sabe, Presidente Putin, ellos ni pestañearían, les da igual un ruso que otro.  Lenin, para ellos, es un personaje tan remoto y oscuro como Napoleón o Hitler o Stalin, solo otro nombre raro de la historia europea, y su revolución, tan antigua e incomprensible como la de Cuba. Y es justo, y casi natural que así sea.  Quién lo hubiera dicho en 1917, que sería en La Habana, un sitio del que algunos bolcheviques nunca oyeron hablar, en una escuela que llevaría el nombre de Lenin, donde la Gran Revolución Socialista de Octubre, después de cien trágicos años, silenciosamente, concluiría.

Fuente: https://www.revistaelestornudo.com/goodbye-lenin-nuevo-ahora

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